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MATIZES CULTURALES – Diario La Tribuna



BUSCANDO Fórmula amplia y sencilla para abarcar la noción de “cultura”, la UNESCO decidió, hace muchas décadas, sintetizarla a través de la siguiente definición: “Cultura es toda la producción de bienes materiales y espirituales de una sociedad”; una propuesta con la que los antropólogos quedaron contentos y los historiadores y escritores un poco resentidos. Lo cierto es que antes proliferaron tantas etimologías, significados y definiciones del término “cultura”, que crearon confusión. Por eso en cierto modo resultó razonable la primera propuesta didáctica de los funcionarios de la Unesco, con esa definición condensada, aunque a primera vista pareciera demasiado amplia, o vaga, para el gusto de investigadores más rigurosos. Así, a lo largo de los años, los técnicos de este organismo internacional han intentado enriquecer el concepto con descripciones más específicas basadas en enfoques operativos.

Historiadores y filósofos, por su parte, han intentado establecer una frontera entre “cultura” y “civilización”, asociando el primer término a los tiempos prehistóricos de las comunidades humanas, y convirtiendo el segundo concepto en sinónimo de historia y ubicación. urbanismo, lo que básicamente significa que la historia, en sentido estricto, contiene aproximadamente diez mil años de desarrollo, desde la revolución neolítica hasta la actualidad. Los escritores literarios y académicos, en cambio, más flexibles en sus matices, hablan de “gente culta” cuando se refieren a individuos alfabetizados (de ambos sexos) o altamente educados cuando se expresan en público o en privado. Asimismo, desde esta última perspectiva, personas educadas son aquellas que han leído muchos libros. O que hayan publicado un par de iguales.

Pero volvamos a la definición antropológica del primer párrafo e intentemos emparejarla con la perspectiva histórica, para acercarnos al potencial cultural de nuestro país. A pesar de la aparente pobreza que ha caracterizado el devenir histórico y económico de Honduras desde los primeros momentos de la época colonial, las riquezas materiales y espirituales han estado latentes en distintos ámbitos de la vida provincial y republicana. Si somos honestos, integrales y comprensivos en el análisis, debemos comenzar por nuestro mestizaje horizontal, ya que es el primer fenómeno novedoso de la matriz humana que, con el paso de los siglos, se convirtió en población predominante en el centro, en el sur, en el oeste, el norte y una vasta subregión oriental del país. Al mismo tiempo sobrevivieron grupos indígenas autóctonos como los tolupanes, pech y tawakas, que aún se mantienen más o menos intactos en la Montaña de la Flor (en Yoro); en los pueblos de Dulce Nombre de Culmí y en los cerros de Ulawás (en Olancho). Por otro lado, hemos heredado una gran cantidad de sustratos de la lengua “náhuatl”, que utilizamos a diario en el español hondureño, y muchos topónimos de origen lenca, con los cuales el horizonte cultural se ha enriquecido y ha seguido siendo enriquecido con las incorporaciones posteriores o alternas de los miskitos y garífunas.

Honduras es una sociedad etnohistórica con fuertes ingredientes criollos y mestizos. Intentar negarlo es como cerrar los ojos al sol. Los mismos héroes de la Independencia, como ocurrió en otras latitudes del subcontinente latinoamericano, pertenecían a la casta de los «criollos», es decir, los europeos nacidos en América. En épocas republicanas posteriores, los mestizos han poblado las estructuras estatales de diferentes gobiernos y tendencias. A lo anterior podemos sumar, como factores del patrimonio nacional, los parques arqueológicos e hidrográficos y las reminiscencias arquitectónicas de origen colonial. Hay mucho que aprender y redescubrir.

Por Noah Whitaker

Especialista en Ciencia y tecnología

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